Querido Foucault: te escribo desde el gran encierro…

Por: Patricia Brogna

…para contarte cómo están las cosas por acá. En medio de una pandemia mundial, la estrategia de prevención del contagio se basa en el distanciamiento o, de plano, en el aislamiento social: un porcentaje de la humanidad permanecemos en nuestras casas o realizamos desplazamientos y contactos mínimos. En este escenario de ciudades espectralmente vacías y con la tecnología informática como un dispositivo innegable de supervisión y control, me pregunto cómo leer el resultado que tendrá este biopoder sobre nosotros y si este escenario es causa y resultado de una excepcionalidad o crónica de una biopolítica de “hacer vivir y dejar morir” largamente anunciada y cada vez más profunda y radicalizada.

En primer plano se ve un sillón oscuro y detrás un ventanal con una reja con vista a la ciudad. Foto: Jorge Vladimir.

Die Freigabe der Vernichtung lebensunwerten Lebens: Ihr Mass und ihre minderewertigminderewertigForm” es el título del libro que el psiquiatra Alfred Binding y el jurista Karl Hoche publicaron en 1920[1]. Bajo el nombre “La licencia para la aniquilación de la vida sin valor de vida”, su versión en español,  los autores nos hablan sobre el permiso, sobre la autorización o la licencia para aniquilar “vidas sin valor”, vidas que no valen la pena ser vividas, cómo identificarlas y medirlas. Un poder soberano aún basado en el “dejar vivir o hacer morir” que se expresa en un canon infinito de sus voces médica y jurídica.

Una de las visiones sobre la discapacidad es la de exterminio o aniquilamiento activo o pasivo[2] y está basada en una idea arquetípica de que las características de la persona en interrelación, por un lado, con la organización económica y política de la sociedad en la que la persona vive, y por otro, con la cultura y la norma, pone en riesgo a su grupo. Aunque se considere que los sucesivos cambios sobre la forma de pensar la discapacidad han reemplazado esta visión con otras que surgieron posteriormente -más apegadas a la dignidad de la vida humana, de la igualdad, de los derechos humanos- sabemos que las visiones no se suplantan: que todas se perpetúan y coexisten.[3] La conclusión de la tesis era correcta y tenemos hoy, marzo de 2020, en plena pandemia planetaria de COVID-19 una evidencia incontrastable de que la biopolítica nos disciplina y también nos gestiona.

No olvidemos que en los años ´70 el movimiento social y político de personas con discapacidad obtuvo victorias políticas y logró normas internacionales que proponían un nuevo y revolucionario cambio (baste ver Crip Camp sobre el activismo en Estados Unidos, el documental sobre la historia del movimiento en Brasil o leer el texto de la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad que Naciones Unidas aprobó en 2006) aunque en estos días estemos presenciando la manera en la que esa visión de exterminio y aniquilamiento sigue vigente entre nosotros.

Ya en el año 2012 el Fondo Monetario Internacional presentaba un documento sobre EL IMPACTO FINANCIERO DEL RIESGO DE LONGEVIDAD[4] que en su Capítulo  4  ponía “de relieve las implicaciones financieras potencialmente muy grandes del riesgo de longevidad; es decir, el riesgo de que la gente viva más de lo esperado”, que “la prolongación de la esperanza de vida acarrea costos financieros”  y que “a medida que las poblaciones envejezcan en las próximas décadas, consumirán un porcentaje creciente de recursos”.

El 23 de marzo, en pleno auge de los casos de esta pandemia de coronavirus en Estados Unidos, el vicegobernador de Texas Dan Patrick dijo expresamente que no desea que el país se sacrifique ni que la economía colapse por el aislamiento preventivo de quienes, como él, son mayores de 70 años y propone que los dejen cuidarse solos[5] para que se pueda retomar plenamente la actividad económica. Saludables reacciones virtuales colectivas –frente al aislamiento obligatorio- llenaron las redes de frases tendencia como «No voy a morir por Wall Street» y “Mi madre no es sacrificable. Tu madre no es sacrificable».

Una persona con bata blanca y estetoscopio toma el pulso a una mujer mayor de brazos delgados. Foto de Mano creado por jcomp – www.freepik.es

En España las “Recomendaciones éticas para la toma de decisiones en la situación excepcional de crisis por pandemia COVID-19 en las unidades de cuidados intensivos. (SEMICYUC)” piden a los profesionales:

  • Ante dos pacientes similares, se debe priorizar a la persona con más años de vida ajustados a la calidad (AVAC) o QALY (Quality-Adjusted Life Year). Priorizar la mayor esperanza de vida con calidad.
  • En personas mayores se debe tener en cuenta la supervivencia libre de discapacidad por encima de la supervivencia aislada.
  • Valorar cuidadosamente el beneficio de ingreso de pacientes con una expectativa de vida inferior a 2 años, establecida mediante herramienta NECPAL o similar.
  • Tener en cuenta otros factores como, por ejemplo, personas a cargo del paciente para tomar decisiones maximizando el beneficio del máximo de personas.
  • Tener en cuenta el valor social de la persona enferma.

Mientras tanto, varias noticias en periódicos de diferentes partes del mundo, recogen dos de los criterios con los que países como Holanda llevan adelante en su  estrategia de atención al COVID-19. Tanto el jefe de epidemiología clínica del Centro Médico de la Universidad de Leiden, Frits Rosendaal, como la jefa geriatría de Gante, Nele Van Den Noortgate, coinciden  en que “nosotros no incluiríamos (a personas que sí atiende la sanidad italiana) porque son demasiado viejas” y  en solicitar que  “no traigan pacientes débiles y ancianos al hospital”.

Las primeras demandas de organizaciones de sociedad civil de personas con discapacidad y sus familias, de organizaciones nacionales o internacionales (como el CERMI-España, el pronunciamiento sobre “COVID-19 y las personas con discapacidad psicosocial”  o las publicaciones de Naciones Unidas en la figura de sus Relatoras especiales sobre discapacidad o sobre adultos mayores) llamaron la atención sobre el silencio y la escasez de acciones o de lineamientos para esta población. Rápidamente la preocupación pasó de centrarse en el silencio sobre esta población a tomar conciencia de argumentos   que favorecen el diseño e implementación de políticas eugenésicas, así como a la profunda certeza de que no valdría la pena “el costo” de atender –en su múltiple, compleja y profunda implicación- a las personas más vulnerables delegando esa atención en  sus familias.

Sin embargo las reacciones no son lo suficientemente fuertes y quedan en expresiones aisladas ante algo que se está configurando como un cambio cultural global: si la confrontación con el horror del Holocausto movilizó al mundo a reconocer y proteger la igualdad y dignidad de todas las personas, oímos hoy -en declaraciones trasnochadas igual que en protocolos institucionales de atención sanitaria- que “tenemos permiso para exterminar las vidas que no merecen la pena ser vividas”.

Si ante la evidencia de que el virus tiene mayor incidencia y letalidad en personas con ciertas características de edad, de vida o salud y ante la certeza de que atenderlos será de un enorme impacto para la economía global en el corto y mediano plazo debemos amplificar las voces que tienen el poder de  desenmascar esas  acciones que por acción u omisión, de manera activa o pasiva, implícita o explícita, abandonan a las personas a su suerte: es necesario que este rostro desnudo y cada uno de sus gestos se conozcan.

A instancias de los reclamos de la sociedad civil López Obrador retrocedió en su propuesta de desaparecer el CONADIS con una política simulada, pero subió la apuesta de esa simulación al proponer la creación de un Sistema Nacional de Atención a la Discapacidad. Sin embargo hoy no tenemos ni uno ni otro: basta entrar a la página de CONDADIS para valorar el páramo que representa en cuanto a acciones de gobierno hacia esta población en la contingencia, escuchar las conferencias “mañaneras” del ejecutivo, leer las noticias sobre las acciones –ya no digamos políticas- propuestas: la población con discapacidad está ausente de la preocupación activa del gobierno.

A partir de los cambios producidos en la post  Guerra – basados en la maduración de un paradigma de Derechos Humanos y en el reconocimiento de la necesidad de un estado de bienestar que, a partir de sus acciones, asegurara la igualdad y la satisfacción de necesidades de todas las personas, en especial de las que fueron delegadas a una posición de mayor desventaja- parte de nuestra sociedad aspiró y esperó que esas promesas derivadas de esos cambios se cumplieran. Hoy esta contingencia deja en evidencia que muchos gobiernos y sociedades parecen haber fracasado o renunciado a esos postulados  ante una cultura individualista y una mancuerna política-economía neoliberal global que privilegiaba al sistema económico-financiero. Y es justo pensar qué parte de responsabilidad tenemos. En 1985 expresaba  Braudel:

Como privilegio de una minoría, el capitalismo es impensable sin la complicidad activa de la sociedad. Constituye forzosamente una realidad de orden social, una realidad de orden político e incluso una realidad de civilización. Porque hace falta, en cierto modo, que la sociedad entera acepte, más o menos conscientemente, sus valores. (…) Una manifestación aún más perversa de esta naturalización es la evidente cercanía entre gobiernos y empresas, entre poder político y económico, la injerencia del mercado en la “cosa pública”, la traducción de los asuntos públicos en mercancía: El capitalismo sólo triunfa cuando se identifica con el Estado, cuando es el Estado.[6]

Las voces neoliberales que –ocupando hoy lugares de poder indiscutible desde el propio Estado – nos interpelan en esta pandemia son claras y fuertes: hay vidas que no merecen la pena ser vividas. Está en nosotros como comunidad, como communitas, responder desde una toma de posición también fuerte y clara, movilizarnos con otras estrategias que salten por encima del encierro y el aislamiento porque no solamente está en juego salir de la emergencia: está en juego la sociedad que vendrá.


[1] En inglés:  “Allowing the Destruction of Life Unworthy of Life: Its Measure and Form”. Las tres versiones se ofrecen en línea.

[2]-3 Brogna P, 2006, La discapacidad: ¿una obra escrita por los actores de reparto? El paradigma social de la discapacidad, realidad o utopía en el nuevo escenario latinoamericano. Fuente: Tesiunam http://132.248.9.195/pd2007/0613585/Index.htm

[4] Fuente: https://www.imf.org/external/spanish/pubs/ft/gfsr/2012/01/pdf/presss.pdf

[5] Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=yCSDEilLllM

[6] Braudel F., 2014, La dinámica del capitalismo. FCE. México.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.